Justamente en este contexto de deseo de beber en las fuentes culturales europeas para aclimatarlas a España, es donde hay que encuadrar el viaje de estudios que, al finalizar su doctorado en filosofía con la tesis titulada Los terrores del año mil. Crítica de una leyenda, Ortega hace a Alemania. Efectivamente, en 1905 marcha a Alemania para continuar sus estudios, y visita las universidades de Leipzig, Berlín y Marburgo. Precisamente en esta última universidad será donde conozca a los neokantianos H. Cohen y P. Natorp, a los que considerará siempre sus maestros. También por este viaje de Ortega a Alemania se puede establecer un cierto paralelismo con la estancia de Julián Sanz del Río, fundador del krausismo español, en Heidelberg. Con ello Ortega continúa una cierta tradición española que dura hasta los años cincuenta, momento en que la meca de la filosofía pasa para los españoles a los países anglosajones. Esta tradición consistía en que todo joven español que aspirase a una formación intelectual más completa que la que podía proporcionar la universidad española debía viajar a Alemania.
El panorama filosófico que el joven doctor en filosofía por la Universidad de Madrid encontró en Marburgo estaba presidido por el neokantismo, esto es, la doctrina filosófica que postulaba la vuelta a Kant como modo de superar los callejones sin salida a que había llegado la filosofía idealista alemana de la mano de Hegel y sus seguidores. Pero, y aquí se rompe el paralelismo con Sanz del Río, así como el krausismo español importó el pensamiento de Krause de forma monolítica y sin una actitud demasiado crítica, Ortega llegó a Alemania con un espíritu más crítico y avispado—no en balde había pasado más de medio siglo de viajes de intelectuales españoles a Alemania— y su actitud ante los neokantianos no fue la de la beatería discipular, sino una actitud ambivalente. De este modo, a la vez que reconoce la impagable deuda para con sus maestros de Marburgo, también adopta una actitud crítica frente a ellos y frente al propio Kant. La deuda y la crítica para con Kant y los neokantianos las resume magistralmente con las siguientes palabras: "Durante diez años he vivido en el mundo del pensamiento kantiano: lo he respirado como una atmósfera y ha sido a la vez mi casa y mi prisión [...] Con gran esfuerzo me he evadido de la prisión kantiana y he escapado a su influjo atmosférico". ("Kant", IV: 25).
Así pues, Ortega es consciente de que el pensamiento kantiano fue para él tan necesario como lo es la atmósfera que respira cualquier hombre, pero también fue para él una prisión de la que hubo de liberarse para poder construir su propia filosofía de madurez. Además del significado que tuvo para su formación filosófica, su estancia en Alemania también desempeñó una importante función vital, pues los años que Ortega vivió allí, los años en que comenzó su madurez humana, fueron tan fructíferos que los recuerdos de esta estancia quizás constituyan algunas de sus mejores páginas literarias. Así, cuando tiene que describir El Escorial, en 1915, no puede alejar de sí la imagen de la ciudad donde vivió el "equinoccio de su juventud", proporcionando una descripción literaria de una belleza rara en el gremio de los filósofos: "Permitidme que en este punto os traiga un recuerdo privado. Por circunstancias personales yo no podré mirar nunca el paisaje del Escorial sin que vagamente, como la filigrana de una tela, entrevea el paisaje de otro pueblo remoto y el más opuesto al Escorial que quepa imaginar. Es una pequeña ciudad gótica puesta junto a un manso río oscuro, ceñida de redondas colinas que cubren por entero profundos bosques de abetos y de pinos, de claras hayas y de bojes espléndidos. En esta ciudad he pasado yo el equinoccio de mi juventud; a ella debo la mitad, por lo menos, de mis esperanzas y casi toda mi disciplina. Ese pueblo es Marburgo, de la ribera del Lahn" ("Meditación del Escorial", II: 558-559).
A pesar de la profunda huella vital e intelectual que Alemania dejó en él, Ortega regresa pronto a España, física e intelectualmente, pues para él, el viaje a Alemania sólo puede tener sentido en la medida en que sirva para volver a España, de modo que haya una ósmosis intelectual tal que España se impregne de Europa y, a su vez, España impregne a Europa. De este modo, ya en 1910, exclamará: "queremos una interpretación española del mundo [...]. España es una posibilidad europea. Sólo mirada desde Europa es posible España" ("España como posibilidad", I: 138). A su regreso, en 1910, oposita y gana la cátedra de Metafísica de la Universidad de Madrid, en la que sucede a N. Salmerón, y comienza su actividad universitaria como catedrático antes de haber publicado ningún libro de filosofía. Ese mismo año casa con doña Rosa Spottorno y, a partir de entonces, comienza su vida pública.
Si hasta 1910 la vida de Ortega permanece en el ámbito de lo privado, a partir de esa fecha comienza la vida pública de don José Ortega y Gasset, repartida entre la docencia universitaria y las actividades culturales y políticas extra-académicas. Tras una breve segunda estancia en Alemania, en 1911, Ortega se entrega a su cátedra en el antiguo caserón de San Bernardo. Pero las inquietudes políticas del joven catedrático de Metafísica salen pronto a la luz, y en 1914 funda la Liga de Educación Política Española, con la que intentará llevar a cabo sus proyectos regeneracionistas desde posturas democráticas. Ese mismo año publica Meditaciones del Quijote, su primer libro. En 1916 es cofundador del diario El Sol; y en 1923, justamente el año del comienzo de la dictadura del general Primo de Rivera, funda y dirige la Revista de Occidente.
Su enfrentamiento doctrinal con la política de la Dictadura lleva a Ortega, en 1929, a dimitir de su cátedra universitaria y a continuar sus clases en la "profanidad de un teatro", clases que más tarde se publicarán con el título de ¿Qué es filosofía? Así, forzado por las circunstancias, Ortega se convierte en uno de los primeros filósofos españoles que imparte su filosofía ante el gran público. Tarea que, por otra parte, quizás fuese él el filósofo más indicado para llevar a cabo, pues en él se daban parejas las dotes de un gran filósofo y la capacidad de hacer asequible la filosofía a cualquier hombre culto.
En 1930, coincidiendo con la "dictablanda" del general Berenguer, contra quien escribirá su famoso artículo titulado "El error Berenguer", que termina con la famosa frase "Delenda est Monarchia!", Ortega recupera su cátedra y su participación en la política activa va en aumento, hasta el punto de convertirse en el centro de un grupo de intelectuales que propugnan el advenimiento de la II República Española. Así, en 1931, llegada la República, funda, junto con Gregorio Marañón y Pérez de Ayala, la Agrupación al Servicio de la República. Gracias a la Agrupación es elegido diputado a las Cortes Constituyentes por la provincia de León; pero, una vez más, se repite la paradoja de todo filósofo "metido en política", pues en las Cortes se le oye pero no se le escucha ni se le sigue. La desilusión que le produce la vida de diputado lo lleva pronto a retirarse de la política activa y a disolver la Agrupación. Ortega, que debería haber escarmentado con lo que aconteció a Platón, tuvo que ver su voz desoída para comprender que, por desgracia, no siempre las doctrinas políticas de un filósofo son atendidas por los legisladores o por los gobernantes.
Con ello, Ortega vuelve de nuevo a la actividad académica y publica, en 1934, En torno a Galileo. En 1935 recibe un homenaje de la universidad quien ya es la figura más sobresaliente del panorama filosófico español del momento. También en 1935 publica otro libro importante: Historia como sistema.