El Día Internacional de la Mujer se celebra el 8 de marzo, independientemente de que en nuestro país se conmemore el 15 de febrero. Y una se pregunta: ¿Por qué dedicar un día especial a las mujeres? ¿Por qué, además, dos fechas distintas, una nacional y otra internacional? Y en seguida asalta la duda: ¿Somos las mujeres hoy todavía un “sector vulnerable”, una franja de la humanidad, tan endeble e inconsistente que requerimos de un día para hacernos notar, para que los demás, léase sector masculino, volteen la mirada hacia nosotras y se digan “todavía necesitan de nosotros”?
La respuesta a la última pregunta es un rotundo “no” y un definitivo “sí”. Ya no somos la fracción endeble y ambos sexos se necesitan en cuanto a complemento el uno del otro. Sin embargo, y concluyentemente en el trasfondo, dicha celebración da pie y justificación a manifestaciones en apoyo y difusión de los quehaceres, viejos y nuevos, de las féminas, del lugar que ocupan frente al varón, de sus avances en el trato social y familiar, de su intervención en la vida pública y en las actividades tradicionalmente asignadas a los hombres. Una celebración reservada, en muchos casos, para encomiar su papel de madre, esposa, e hija, cuando por vocación dichas funciones le pertenecen por derecho natural y forman parte de ella misma. Una celebración que da motivo a los medios de comunicación para que publiquen notas en referencia y mencionen el tema femenino, y a las instituciones educativas y gubernamentales para organizar foros y congresos. Tristemente, lo más subrayado es lo de siempre: los altos índices de violencia contra el sexo femenino. Estadísticas que no disminuyen, cifras desalentadoras.
Coahuila exhibe un deplorable tercer lugar en violencia de pareja en México. En todo el país, de cada 100 mujeres que viven en pareja, 47 sufren violencia física, sexual, emocional y económica ocasionada por su compañero. Un gran porcentaje de esas mujeres sobrellevan, además, la violencia laboral y social. Siendo la fuerza bruta atributo de los hombres, las agresiones físicas y sexuales son las manifestaciones más comunes de la violencia contra las mujeres. Sin embargo, el maltrato emocional es a veces más dañino que el ataque físico. Un altísimo número de las mujeres que viven en familia padecen la violencia intrafamiliar, no siempre ejercida únicamente por el padre o los hermanos varones, sino, y lamentablemente, por las mismas madres que a su vez son violentadas por su pareja. Un mundo de brutalidad sin plazo ni tregua, aunque los expertos opinen que esa problemática desaparecerá en dos generaciones más.
Cada vez es mayor la incursión de las féminas en un mundo tradicionalmente dominado por los varones y cada vez son más las que están al frente de sus familias. En Saltillo, muchas mujeres trabajan lavando coches, otras son mecánicas y choferes de taxis y del transporte público o son voceadoras de periódicos, y algunas más ejercen el oficio de bomberas o el de la construcción.
Sin embargo y a pesar de la incursión afortunada de las mujeres en todos esos ámbitos, y no obstante sus victorias en la búsqueda de la igualdad ante el hombre, el tradicionalismo sigue mostrando su carácter machista a través de pequeñas vejaciones con las que se pretende afirmar la supervivencia, o más bien, la nostalgia de la perdida autoridad masculina. Incluso, al Diccionario de la Real Academia Española le faltan todavía algunos vocablos que acepten el género femenino para definir oficios que ahora desempeñan las mujeres y que dejaron de ser exclusivamente masculinos.